jueves, 25 de noviembre de 2010

EL NAUFRAGO


Desde que comenzó con esa historia de que venía de lejos, de siglos atrás, de que tenía una llave que abría un castillo en España y que en esta isla era donde todo había empezado y terminado, debí imaginarmelo. Pero, es que el relato era tan fascinante que preferí escuchar y no dudar. Todo el mundo me lo advirtió, todo el mundo me lo dijo. Don Mauricio, Inés, Gregorio me dijeron que ese tiguere no las tenía todas, que nadie sabía donde vivía y que cada vez que aparecía por el pueblo se tropezaba con algún incauto y le repetía el mismo cuento, que me habia hechizado. Bueno, es que imaginense, uno joven , aquí encerrado en esta aldea, sólo mirando al mar, esperando encontrar un tesoro que lo saque a uno de la miseria. Para que me dejen en paz les digo a todos que no tengo nada que perder escuchándole, por lo menos me ilusiono y entretengo la idea de un día zarpar y navegar por los mares del mundo. Aunque, la verdad, a veces me entran dudas por que el viejo al hablar lo hace usando una que otra palabra en espanol antiguo. ¿Estaria tratando de impresionarme? Habíamos acordado en reunirnos el domingo como siempre, debajo del arbol de almendras cerca de la playa. Siempre me esperaba con un puñado de almendras en la mano, que imagino, majaba el mismo. Una vez, me comentó que solo se alimentaba de ellas ya que tenían propiedades curativas. Entre otras cosas me dijo que me ensenaría algo que me dejaría boquiabierto. Mientras tanto, decidí investigar su relato en la biblioteca y hasta ahora todo es cierto. La flota española encargada de llevar a su país metales preciosos consistía de 32 carabelas. Todas naufragaron en el canal de la Mona, entre La Española y Puerto Rico y entre ellas estaba el buque insignia El Dorado. Habían zarpado de la Española en julio de 1502. A bordo de El Dorado se encontraban el almirante Antonio de Torres y Francisco Bobadilla, gobernador de la Española, oro y plata por valor de 2 millones de dólares y una mesa de oro maciso que se creía pesaba mas de mil trescientos libras. Todo esto me tenía ansioso e intrigado. ¿Quien era este hombre, de ademanes raros, de léxico extravagante? La curiosidad me mataba por lo que acudí a nuestra cita un tanto temprano. Esperé un rato respirando profundamente para calmar mi ansiedad. De repente ví una sombra y sentí la presencia de alguien. ¡Hay alguien ahi!, grite . Juraba haber sentido que alguien andaba por el arbol de almendras. Me acerque, un poco temeroso y cuando bajé la mirada hacia el tronco del arbol ví una botella transparente. Por curiosidad la tomé y en ella había un papel con algo escrito y una llave. De inmediato saqué el papel de la botella y leí lo siguiente: -Si acaso no me encuentro cuando llegues, esperame un rato, ahi te dejo un puñado de almendras para que las disfrute mientras llego. No tardo, voy a zambullirme en las porfundidades del oceano para ver si finalmente encuentro la llave de mi castillo. ¿Te acuerdas que te hable de él? Ah!, antes de que me olvide es muy posible que necesite que me ayudes a cargar la silla de oro. Hasta pronto. Antonio-
Sin saber que creer, un poco aturdido y nervioso esperé un rato. Cuando llegué al pueblo, todos hablaban sobre unos locos que se habían escapado del manicomio en el curso de la madrugada. Uno de ellos, quien se creía el Almirante Antonio Torres, mano derecha de Cristobal Colon, apareció ahogado en alta mar.







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