lunes, 5 de septiembre de 2011

PULPO A LA GALLEGA

octopus Pictures, Images and Photos
Una tarde de marzo, la mujer del pulpo,engalanada y feliz, se sentó afuera sobre una roca espléndida del fondo marino e ignorando sus maliciosos depredadores habituales se dedicó a atrapar anémonas y orandas, succionándolas en las ventosas de sus tentáculos y devorándolas con particular agrado.

Poco antes, el Señor Pulpo había salido a dar un paseo por las inmediaciones.  Le dijo a su mujer que, de paso, iría a hacer algunas apuestas en el casino oceánico y que regresaría antes que las sombras.  Pero ella sabía que lo que él en realidad deseaba era exhibir, muy orondo, aquel traje viscoso y gris que estrenaban los pulpos al llegar la primavera.

Para ir al casino era preciso descender hasta unos pasadizos vigilados por las orcas asesinas y por tiburones voraces. No tenia miedo. Ella sabía que no era difícil para su marido, ni para sus amigas, las rayas, escabullirse entre las rocas o la arena, pasar desapercibido y luego disfrutar unas horas jugando perlas, que es lo que generalmente los pulpos apostaban en las ruletas de aquel casino.

Eso pensaba ella tranquilamente mientras gozaba de unas ovas de sábado.  Sin embargo, cuando la pulpa entró de nuevo a la casa notó con horror que su marido había olvidado sobre la mesa el atado con las perlas. ¿Qúe haría? Solo había dos alternativas.  O esperaba en casa a que su adorado marido regrasara, derrotado, o iría ella misma a lleverle las dichosas perlas.

Una fría corriente atlántica atravesó el salón.  Entonces pensó en una tercera alternativa; La púrpura. Algunas veces la pareja de esposos se había comunicado de esa manera.  Pero con lo de la púrpura habia que tener cuidado y hacer cálculos precisos a fin de aprovechar el vaivén de la marea y la buena dirección de las corrientes.

La púpura era un molusco común en aquello aguas y ella solo tenía que cortarle al áspera valva, succionar y derramar poco a poco en la corriente un hilo hecho con sus tintes, y esa señal bastaba para que nuestro querido cefalópodo se enterara de que había una emergencia y debia regresar a casa cuanto antes.

Pero la señal no funcionó.  Al contrario.  El hilo de púrpura subió en vez de descender a las profundidades del casino oceánico y quienes divisaron la señal fueron unos avispados buzos gallegos que merodeaban en la superficie, solazándose en un bote pesquero y tomando vino de agujas.  "El vino de aguajas va muy bien con los pulpos" dijo el captán "y según veo aquí abajo hay unos cuantos."  Dicho y hecho.  El buzo se zambulló y el cocinero comenzó de inmediato a preparar el agua hirviente, el ajo, el pimentón, el azafrán y el aceite de oliva.  Pesaba ocho kilos.


Fernando Ureña Rib

2 comentarios:

  1. Atrapante relato. desde el principio al fin, con una trama curiosa y llena de expectativas para sorprender con un desenlace difícil de imaginar.

    Linda entrada Marilyn
    Un abracito de oso

    ResponderEliminar
  2. Me alegro te haya gustado. A mi me parecio estupenda, aunque cuando coma pulpo a la gallega, me acordare de esto. Abur, Abur :o}

    ResponderEliminar