
El hombre del costal pasaba todos los días por el barrio, o muy tempranito en la mañana o al atardecer. La gente grande, gritaba -"¡Corre, corre entra en la casa!". Según ellos dentro del costal el hombre llevaba una colección de niños que recogía en las calles: aquellos que no querían comer, los que no deseaban bañarse, los que decían malas palabras y mentían, los desobedientes. Vestía overol de mezclilla con unos bolsillos enormes donde tenía un machete y golosinas para engatusar a los niños, un gorro de estambre negro y caminaba con tenis para no hacer ruido. Era perverso, despiadado y muy hábil; acechaba en todos los rincones oscuros: en casas abandonadas, detras de los basureros, debajo de escaleras, en las azoteas, en fin en el lugar que menos uno esperaba. Cuando cazaba los niños los troceaba, los metía en el costal y se los llevaba para guisarlos en un caldero. Yo tuve suerte por que siempre fui un niño bueno y obediente hasta que se me metió en la cabeza algún día vengar la muerte de tantos niños. El momento llegó cuando cumplí doce años. Un atardecer, lo aceche, lo perseguí durante horas hasta su casa, y cuando se inclinó para poner el costal en el piso mientras abría el portón de madera aproveché y le di por la cabeza con un ladrillo. El hombre cayó al piso inconsciente. De inmediato abrí el costal para liberar a los niños. No lo podía creer, lo que había allí eran cocos secos. El hombre empezo a moverse; salí corriendo. Con la cabeza ensangrentada me correteó como lagartija por un matorral. Logré escaparme, llegué al barrio y le conté a todos mis amigos pero nadie quiso creerme. Ahora dicen que el hombre del costal me llevará por mentiroso.