Una mosca negra tornasol se posó sobre mi plato de arroz con leche. Sin perderla de vista, tomé el mata mosca que tenía cerca y me preparé para embestirle un golpe mortal. Pero el insecto me miró con los ojazos, tristes, como pidiendo clemencia, y el sentimiento de culpa me detuvo. Cuidadosamente acerqué un plato vacío y dentro de él coloqué una cucharada del dulce para compartirlo con ella. La mosca permaneció inmóvil, frotándose las patas. Comprendí, la mayor porción era para ella.
Cada vez que te visito me voy satisfecha, siempre logras sorprenderme Marilyn.
ResponderEliminarBesos
Una delicia pasar por aquí y leer tus relatos cortos. Que tengas feliz semana. Un abrazo
ResponderEliminarUn relato conciso pero con un final inimaginable.
ResponderEliminarUn saludo.
Áteme usted esa mosca por el rabo!
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