sábado, 3 de noviembre de 2012
EL PISO DE ARRIBA
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Me despertó el escándalo en el piso de arriba. Pero, si nadie vive ahí, está vacio. ¿Acaso serán ratas las que hacen ruido? ¡PUM PUM! Golpeé fuertemente la pared. Después de un largo silencio, la respuesta no se hizo esperar, ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! No pegué el ojo en lo que quedó de la noche, estaba aterrada. Al día siguiente comprobé lo que ya sabía, el piso estaba desocupado.
miércoles, 31 de octubre de 2012
sábado, 27 de octubre de 2012
TRES SON MULTITUD
Susana Revuelta
miércoles, 24 de octubre de 2012
TE DEJO
Roberto Clemente
lunes, 22 de octubre de 2012
LA PRESENCIA
miércoles, 17 de octubre de 2012
ROTA
Hacía tiempo estaba raro.
Hacía tiempo entraba en estados extraños.
Ese día explotó.
Él avanzaba; yo retrocedía.
No sé que me decía, no sé qué me gritaba, no sé qué mascullaba mientras caminaba encorvado hacia adelante; yo, inclinada hacia atrás.
No entendí o no me acuerdo…
Recuerdo solo haberle preguntado, ya con los hombros contra la ventana: ¿qué vas a hacer?
Recuerdo el ruido que hizo mi alma al romperse.
Recuerdo la marea de dolor invadiéndome, inundándome, rebalsándome.
Recuerdo mi estallido.
No llegó a pegarme sin embargo ese día me rompí.
Ese día envejecí.
Laura Ramirez Vides
sábado, 13 de octubre de 2012
EL CRIMEN PERFECTO
Sentado, bebiendo a solas en una esquina del bar, en medio de la penumbra y el bullicio, Eduardo fragua la muerte de Amalia. Visualiza que la tiene en sus brazos. Finge amarla y con saña le clava el cuchillo, una y otra vez. La primera estocada en el pecho, luego en el costado derecho, y luego en el izquierdo. Asegurándose de que no queda en ella un hálito de vida, la arrastra hacia el automóvil y la coloca en el baúl. Lentamente recorre la ciudad hasta que encuentra un despeñadero, y la tira por él. ¡Ah! El crimen perfecto! exclama, bebiéndo un sorbo de agua ardiente.
De repente y de la nada, la voz suave y dulce de Amalia interrumpe sus pensamientos "¿Hola cariño en quién piensas?"
miércoles, 10 de octubre de 2012
DESCAROS
Todos los días llego a casa y me despojo de mis caretas. La de caballero armado, con la que enfrento a los demonios de la oficina; la de amante perfecto, que sostiene mis amores; la de feroz alguacil, para encarar a los morosos; la de gran maestro, con algunos alumnos; la de amable paisano, con los inocentes; caen también la de inventor, mago, guerrero, bufón, catrín, sátiro, adefesio, juez y religioso… me desnudo, y preparo otras catorce caretas para el carnaval de mañana.
Victor Antero Flores
sábado, 6 de octubre de 2012
LA DESPEDIDA
No sé que hora serían, pero un sonido extraño me despertó. Permanecí acostado, inmóvil, tratando de decifrar lo que era. Al rato, lo escuché nueva vez, y lo identifiqué. Era la breve melodía que entona la computadora cuando prende. ¡Que extraño! Volvió a sonar, ésto no era usual. Me levanté de la cama para ver si uno de mis hijos la estaba usando. Abrí la puerta, y cuando miré, no había nadie, solo la computadora encendida.Me dirigí a la habitación de mi hijo, aun no había llegado. Sin querer miré el reloj. Eran las 3:00a.m. Sentí una pequeña opresión en el pecho, mal presagio, a esa hora dicen que los fantasmas pernoctan. Con cierto resquemor, fui a apagar la computadora, pero algo me detuvo. Se me ocurrió entrar a facebook para distraerme, ya no podría dormir. Nada más hice entrar cuando vi la noticia de que mi mejor amigo había fallecido. ¡No lo podía creer! Permaneci sentada frente al computador toda la noche. Entre sollozos, una idea me torturaba. ¿Buscaría Alberto la forma de avisarme de su muerte, prendiendo la computadora? ¿Querría despedirse de mi? Nunca sabré la respuesta, pero todo esto era muy raro.
miércoles, 3 de octubre de 2012
MI SOMBRA
No nos decimos ni una sola palabra, pero sé que mi sombra se alegra tanto como yo cuando, por casualidad, nos encontramos en el parque. En esas tardes la veo siempre delante de mi, vestida de negro. Si camino, camina; si me detengo, se detiene. Yo también la imito. Si me parece que ha entrelazado las manos por la espalda, hago lo mismo. Supongo que a veces ladea la cabeza, me mira por encima del hombro y se sonrie con ternura al verme tan excesivo en dimensiones, tan colorado y pictórico. Mientras paseamos por el parque la voy mimando, cuidando. Cuando calculo que ha de estar cansada doy unos pasos muy medidos, más alla, más acá, según, hasta que consigo llevarla donde le conviene. Entonces me contorsiono en medio de la luz y busco una postura incomoda para que mi sombra, comodamente, pueda sentarse en el banco.
Enrique Anderson Imbert
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